Las consecuencias 7

Probablemente todo se haya convertido en lo peor que asumimos.
  Debido a que nuestras manos estaban atadas y nos vendaban los ojos, no sabíamos a dónde nos llevaban. Todo lo que pude ver fue un gran coche negro y algunos hombres armados. No recuerdo exactamente cuánto tiempo íbamos, pero sabía que nada bueno nos estaba esperando.
  Con los ojos vendados, estabamos yendo conducidas a través de un enorme edificio. Caminamos sin parar por unos pasillos, supusimos que era su sede general. Al final nos sentaron, encadenadas a las sillas y nos dijeron que esperáramos. Unos minutos más tarde, llegó un invitado largamente esperado.
  - Buenos días, queridas ... Lamento veros en tal situación ... Sin embargo, pensé que nuestra cooperación sería diferente. -  añade el jefe a quien le presentamos un cuento de hadas sobre nuestra empresa. Era obvio que no estaba particularmente sorprendido de que estuviéramos aquí, tal vez ya había adivinado algo antes. Sostenía un montón de papeles en la mano, posiblemente algunos archivos secretos, nuestros datos, etc.
  - Bueno, queremos saber la verdad. Sé un poco sobre el complicado libro de mi abuelo, su asesinato, datos extraños, viñedos vigilados, habitaciones extrañas, experimentos ... No dejaremos de trabajar hasta que nos enteremos. Respondí sabiendo las consecuencias de mi tenacidad.
  - ¿Crees que todos los ciudadanos tienen derecho a dicha información secreta? ¿Quién te crees que eres?
  - En esta situacion todo se ve perturbador y extraño" - Carmen interrumpió asustada.
  El hombre nos miró, sacudió la cabeza y se echó a reír.
  - Bueno, mujeres ... Siempre quieren saber todo, es una pena que no recuerden que a veces es mejor saber menos. - dijo con una sonrisa burlona. - No encontraréis nada aquí.
  - Quiero saber la verdad! -  Grité - ¿Qué estás escondiendo?
Comencé a luchar, intenté liberar mis manos y levantarme, pero a la orden del jefe, los guardias nos sacaron de la habitación y nos llevaron a la celda. Estábamos devastadas y sin ningún plan de emergencia. Sentado así por un tiempo, unas pocas horas, tal vez días, los hombres de los guardias se han cambiado. Carmen comenzó a mirar uno de ellos y con toda la esperanza gritó:
  - Por Dios! Es él!

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